Un oasis en el desierto del caos
lunes, 16 de mayo de 2016
domingo, 15 de mayo de 2016
No existe impedimento para ver la particularidad en el fuego incesante de la cotidianidad.
ue no se pierda la costumbre de conversar.
El juego nocturno de la inocencia.
Entre el juego del lenguaje y las casualidades se advierte la posible relación entre el mundo externo y el yo.
El libro y sus páginas absorben al hombre para hacerlo viajar, lejos o cerca, pero fuera del espacio real.
Un oasis en el desierto del caos
Este lugar parece un oasis en medio del árido desierto del caos, se asemeja incluso al ojo del huracán donde la tranquilidad es mayor que en sus márgenes: Las Torres de Bomboná se ubican en uno de los sectores más concurridos del centro de Medellín, y en el interior se siente el aroma a café en la tarde y de alcohol en la noche junto con el sonido de la música ambientando el espacio y demás elementos que crean la estética propia del lugar.
Entonces me encuentro caminando tras los pasos dados por alguien más y cuando paso por aquel sitio que no lo percibo con facilidad, pues tengo un destino y no coincide con ese parezco una máquina programada moviendo un pie tras otro una y otra vez sin fijarme en las proximidades… Resulta que al igual que el oasis es poco visible y se confunde con meras alucinaciones, debo tener una mirada diferente para llegar allí sin plan alguno, en esta ocasión por alguna razón inefable penetro el asedio creado por esas paredes color menta gastado, corroído por los efectos climáticos y humanos. Sí, voy sola. Sin ningún alguien con quien pueda distraerme durante la trémula caminata que me guía hasta uno de sus extremos; contiguamente me siento en uno de los escalones que en conjunto tienen la estructura de un teatro al aire libre y acto seguido dirijo la mirada al firmamento que será a la vez la versión más amplia del techo al que acostumbro cederle algo de atención y las pequeñas luces celestes cumplirán el papel de testigos nocturnos de las múltiples historias que se desencadenen.
Permanecer sola en un lugar público refleja a veces una idea errónea que provoca desmesuradamente juicios de valor, le atribuimos al individuo alguna turbia esencia de tristeza o nostalgia, ya que la arraigada noción de soledad deriva en un peligro o desequilibrio personal, empero, hace falta conocer los gratos beneficios que traen los momentos con uno mismo, se vuelve imprescindible la compañía de su propio ser, de enfrentarnos a los pensamientos y opiniones que no estén mediadas por percepciones ajenas; cuando estoy en un lugar como estos, no me encierro en mi propia burbuja como posiblemente lo harías si estuviera con otras personas, por el contrario miro de forma más profunda y trascendente los sucesos, verbigracia, puedo notar cómo una joven lee con gran fervor y he de suponer que se encuentra en el clímax del relato que la tiene inmersa de aquel modo; sí, está sola… pero no lo está porque se encuentra físicamente en un espacio visible pero su mente debe fantasear con infinitas cuestiones y personajes. También hay quienes pasan fortuitamente por allí, de forma inesperada tal vez para acortar el camino, por tanto ya tienen una linealidad trazada y es que los seres humanos nos hemos vuelto en extremo maquinizados y hasta llegar a casa es producto de una programación… de repente reconoces el ritmo de una canción y por inercia termino tarareándola: Rolling in the deep a alto volumen, al parecer procede de un bar a pocos metros de distancia que casualmente tiene el hipocorístico de mi nombre, funciona como cortina musical para las memorias que cada ser en este laberinto puede cargar.
Cuando mis ojos recorren un sector con varias bancas veo un par de ancianos conversando, cosa que a veces se ve pasada de moda, es probable que estén tomando gaseosa porque el alcohol ya ha provocado bastantes estragos en sus vidas, sus risas delatoras de anécdotas pasadas hacen que la reminiscencia cobre vida junto con sus palabras y pienso que en algún momento todos nos veremos así: contando historias que parecen de otros, compartiendo los últimos avances en la enfermedad tal, ya que al acercarnos al límite de nuestra vida natural la muerte, como ama y señora, se apropia hasta de nuestra cotidianidad. En contraste perfecto con el par mencionado, encuentro a mi derecha el típico grupo de jóvenes con guitarra y cigarros compartiendo su fraternidad, desinhibidos, de miradas fugaces y locuaces merecedores de un brindis por su jovialidad, así que procedo a servir con cautela un trago más de vino y sucumbir ante los sentidos; el olfato detecta ese aroma inconfundible mientras la lengua a gritos pide un sorbo de deleite y se asemeja en todo a la raza humana: es insaciable, la vista y el oído tienen la facultad sincronizada de ir acorde a la tonada y mirar con detenimiento lo que sucede alrededor, lo cual me da la posibilidad de vaticinar pues al preguntar me introduzco en ellas, cosa que no deseo hacer por esta vez ya que cumplo la labor de espectadora vigilante y analítica del mundo o por lo menos de esta fracción de él.
El obituario del tiempo fallecido sigue creciendo a partir de las circunstancias de unos otros que hacen parte del telón temporal que nos ha congregado esta específica noche en este oasis, porque no es otro día, porque es hoy y el tiempo declina como en una declaración fina de muerte ante nuestro accionar y hasta los ausentes serán culpables, ya que en las dos torres aledañas las luces apagadas denotan la oscura falta de humanidad en las pequeñas jaulas que componen la estructura, pronto aparece el peculiar sonido de las voces blancas infantiles, entre el jugueteo y los gritos se rompe la abrumadora pasividad, esto me hace añorar esos años donde las preocupaciones eran pocas y la inocencia teñía los razonamientos. Cada evento sugiere su situación dicotómica como un plan maestro, pensado detalle a detalle y en estas superficialidades me doy cuenta que la vida consiste en eso precisamente: en una serie de contradicciones.
El abstracto tiempo es dinámico, no se detiene y se hace tarde, al parecer no para mí únicamente ya que la velada también es identificada con rostros inquietos y con miradas fijas en las entradas a la espera de alguien, con el entusiasmo en pausa hasta recibir esa futura presencia y quizás termine por convertirse en escenas románticas que van como anillo al dedo a la sinfónica ofrecida por unos viejos con instrumentos musicales que llegan a hacer las veces de cupido entre idilios amorosos. Para esto no parece haber marcación de edad, ves chicos, adultos y unos cuantos a los que la nieve de los años los ha alcanzado demostrando el cariño que se profesan.
Al grupo de amigos de hace un rato se les unen otros tres jóvenes para conformar el plan ideal de sábado y finalmente este momento fuera de la linealidad que me gobierna termina por el encuentro ocasional de un buen amigo, estoy de nuevo en una burbuja como las personas que describí; estoy compartiendo sólo dentro del círculo en el que me muevo, hay una sacudida a ese lapso analítico que tuve y, aunque fue placentera la soledad, hace falta, como dice Faciolince la feliz molestia de tanta compañía. Volveré a saciar mi sed de tranquilidad en este oasis que rodeado de tráfico y ruido alberga un tesoro indescriptible pues depende de cada quien encontrarlo a su manera, la mía es disfrutar de un sitio más de Medellín, tener la oportunidad de observar la vida ante mis propios ojos, no preocuparme por algo en especial y más que nada dejar volar la imaginación al salir de la cuadrada existencia.
Daniela Giraldo Arias.
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